Hablen claro, charlatanes

Actualizado el 31 octubre 2017


     Para pensar bien es necesario que hables claro y que te hablen claro. La claridad no requiere hacer arte literario. El artista puede permitirse una escritura ambigua que propicie lecturas diversas, porque crea una ficción y es dueño de ella. Pero cuando hablamos sobre cosas reales, hasta el artista debe dejar de lado la ficción y ser claro. Si alguien no habla con claridad, las posibilidades son dos: o está perturbado o es un farsante. Peter Medawar lo dijo así: “Los que escriben en forma oscura, o son incompetentes para escribir, o planean alguna trastada” (People who write obscurely are either unskilled in writing or up to mischief). La frase, y la biografía del inmenso científico que fue su autor, figuran en diversos sitios de internet.
     Expresarse con precisión y claridad es ante todo una decisión moral, como señala George Orwell en su ensayo La política y el lenguaje inglés: “El gran enemigo del lenguaje claro es la falta de sinceridad”. Y agrega que escribir claro tiene una ventaja: si dijiste una estupidez, te das cuenta.
     Con las religiones no nos vamos a meter porque sería una pérdida de tiempo. Por una razón de supervivencia, las religiones no pueden permitirse hablar claro.
     Los grandes filósofos escribieron con claridad. Cualquiera puede leer a Platón, y hasta descubrir sus intenciones. De Epicuro, lo poco que sobrevivió a la censura religiosa exhibe una perfecta combinación de claridad, profundidad y elegancia. El Discurso del Método, de Descartes, es transparente. Incluso Aristóteles, que habló de casi todos los temas, y hasta Kant, que expuso ideas bastante complejas, se comprenden con poco esfuerzo. Pero, en algún momento, ciertos personajes carentes de ideas claras, quizá convencidos de que ya estaba todo dicho en filosofía, la mezclaron con mala literatura y se pusieron a escribir cosas incomprensibles. Este vacío verbalizado creó un culto con varios dioses, como Hegel en el siglo diecinueve y Heidegger en el veinte. Sus numerosos idólatras se creen miembros de una raza intelectual superior y se autosatisfacen multiplicando la oscuridad a fuerza de reinterpretar eternamente el bla bla escrito por sus maestros. Son los culpables de que muchos crean que la filosofía es difícil de entender. La filosofía se entiende. Lo que no se entiende es lo que escriben los farsantes.
     Por eso, en las últimas décadas del siglo veinte el lenguaje oscuro se refugió en el posmodernismo, que rechaza la razón y, como medio para socavar los textos razonables, propone “deconstruir” el lenguaje, lo cual en resumen se explica así: si algo se entiende, significa otra cosa. Visto ello, es evidente que posmodernismo y lenguaje oscuro, más que cosas afines, son casi lo mismo. La posmoderna Judith Butler es explícita en ese punto, al decir que la transparencia lingüística es un engaño, que obliga a los intelectuales a encerrarse en la sintaxis y traba la capacidad “de pensar el mundo de manera más radical”.
     Si ese pensamiento “más radical” no puede ser expresado, sirve tanto como las sensaciones de quien está bajo efectos de alguna droga, que, según cuentan, son indescriptibles e incomunicables. Los Beatles, al menos, expresaban en música sus experiencias con el LSD. Pero Butler sólo puede expresarse con el lenguaje, y si tropieza con la sintaxis, una de dos: o es bruta, o quiere engañarnos.
     El que la hizo bien fue el físico Alan Sokal. Usando el lenguaje de los posmodernos, confeccionó un texto absurdo pero de apariencia científica. En 1996 logró que fuera aceptado por la revista Social Text, especializada en ese tipo de “literatura”. Cuando la revista publicó el artículo, Sokal hizo saber que se trataba de una parodia. Es una historia demasiado buena para resumirla. Mejor es leer el libro de Sokal Más allá de las imposturas intelectuales.

Referencias
* Christopher Hitchens, La victoria de Orwell, Emecé Editores, 2003, pág. 196.
* Alan Sokal, Más allá de las imposturas intelectuales, Paidós, 2010.