En uno de sus significados, lealtad equivale a buena fe, y supone interactuar sin daño ni engaño con todas las personas, sin importar quiénes son. El sujeto puede ser leal hacia desconocidos, por ejemplo si difunde con veracidad alguna información, o si evita encandilar a los autos que vienen de frente; e incluso puede ser leal al combatir a un adversario, si lo hace con honestidad. En este sentido, la lealtad es una cualidad de quien actúa así en general, hacia todos. Es autónoma, porque nadie se la requiere, sino que, por propia decisión, el sujeto la elige para su forma de ser y actuar. Hasta ahí, todo muy lindo.
Pero en otro sentido, lealtad se asimila a fidelidad, y entonces la cosa se pone picante.
Es que, por definición, la fidelidad tiene un receptor determinado; no se brinda a todas las personas en general (lo que sería imposible, porque las personas tienen intereses distintos, a menudo antagónicos), sino puntualmente a alguien en particular, y por un motivo también particular. No es imaginable que el compromiso de fidelidad surja espontáneamente, de la nada, en el ánimo de un sujeto. Siempre hay un motivo, una causa externa; siempre hay “alguien” que lo reclama, ya sea en forma expresa, o bien, sin palabras, dejando que el compromiso quede sobreentendido debido a ciertas circunstancias.
Por eso digo que la cosa se pone picante; porque aquí podemos, si queremos, y yo quiero, evaluar quién es ese alguien, y cuál es el motivo.
Un motivo muy común es la “gratitud”, ese sentimiento que mueve al sujeto a estimar y retribuir el beneficio que alguien le ha hecho. El sujeto siente que debe fidelidad como forma de retribuir favores recibidos, y no le importa si el proveedor del beneficio es un podrido. ¿Esto significa que el sujeto leal también es un podrido? A veces, pero por lo general significa que el proveedor lo manipula y se aprovecha de sus necesidades y de su credulidad. O de su inexperiencia e indefensión frente a la charlatanería: los infantes absorben sin filtro toda la información que reciben y que los va formando para la vida, y así es como ciertos embaucadores les implantan dogmas (religiosos y de los otros) de los que después es difícil liberarse. Luego volveremos a este caso.
Otro motivo se da en la mafia. Los miembros deben prestar un juramento de lealtad-fidelidad, que les impone una conducta de sumisión y obediencia sin restricciones al capo o jefe mafioso, con lo cual la “familia” mafiosa se antepone incluso a la familia biológica. El juramento se presta en un acto formal de ritual solemne que apunta a reforzar el compromiso asumido, y reemplaza al compromiso escrito, que por razones obvias no es viable.
Los tiranos también exigen lealtad, de lo cual hay buenas muestras en las dictaduras europeas del siglo XX. A veces imponían un juramento específico, como el Juramento de lealtad al Führer, en la Alemania nazi, para soldados y oficiales de las fuerzas armadas y funcionarios civiles; en Italia, el juramento de lealtad al régimen fascista, impuesto en 1931 para profesores universitarios; en España, el juramento de lealtad a Franco, que tuvo que prestar el propio rey Juan Carlos; en el otro extremo, el juramento del “ciudadano de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas”, etc. Pero, obviamente, esos regímenes tenían el poder de imponer sumisión o muerte sin tanta ceremonia, de modo que (salvo en el caso del rey de España) creo que la finalidad del juramento no era tanto inducir a cada uno a sentirse obligado por haber asumido un compromiso personal, sino más bien machacar con la ideología para mantenerla siempre presente. Servía de complemento al método principal (mucho más efectivo) de lograr lealtad: el temprano adoctrinamiento de los infantes y los jóvenes.
El tardofascismo instalado en la República Argentina en 1945 prefirió evitar los rituales de juramento obligatorio, quizá para mantener una apariencia de pluralismo democrático, pero reclamó lealtad por otras vías, ad nauseam y sin disimulo. La fantástica proveedora Evita ganó simpatía popular haciendo regalos con dinero ajeno, pero no se privó de pasar factura en la letra de las marchas que los infantes debían cantar o escuchar. Por ejemplo, algunas estrofas de la Marcha del Primer Campeonato de Fútbol Infantil Evita:
“A Evita le debemos nuestro club
por eso le guardamos gratitud.
Cumplimos los ideales, cumplimos la misión,
de la nueva Argentina de Evita y de Perón”.
“Sabremos defender con lealtad
El alma de nuestra argentinidad
Cumplimos los ideales, cumplimos la misión
de la nueva Argentina de Evita y de Perón”.
También estaba la marcha Evita Capitana, que con música de la marcha peronista decía en una de sus partes:
“Eva Perón, tu corazón
nos acompaña sin cesar.
Te prometemos nuestro amor
con juramento de lealtad”.
Y para que nadie se olvide de la lealtad, el régimen instauró un “Día de la Lealtad”, destinado a reverenciar al proveedor Perón. Hoy, muerto éste hace décadas, el Día sigue siendo útil a sus pretensos herederos políticos, una tribu híbrida y sin ley, cuyos integrantes se afanan por mantener más o menos viva la memoria del proveedor, porque necesitan un fetiche unificador que resista la fuerza centrífuga impuesta por los intereses individuales, las dispersas ambiciones de poder y la carencia de ideas comunes, que históricamente permitió dar cabida en la tribu a grupos representativos de las tendencias más extremas del arco político, antagónicas pero hermanadas por el uso de la violencia aplicada al exterminio de propios y ajenos.
Ni la mafia tradicional deja semejante desquicio cuando se muere un capo.
