Hay quienes necesitan lucirse como intelectuales valiéndose de frases que aparentan profundidad pero no son más que palabrería chirle. Entre muchos ejemplos, ahora me acuerdo de la declamación “todos somos culpables”, una frase nefasta con la que el parlante finge poner su alma a disposición del juicio universal, pero lo único que hace es esconder -a propósito o no- a los verdaderos culpables de cualquier fechoría. ¡Y el canalla nos involucra a todos! Basta para mostrarlo la famosa declaración del papa Bergoglio, cuando dijo que todos somos culpables por la guerra en Ucrania, con lo cual licuó la culpa de Putin, y dejó a más de uno pensando en qué motivos habrá tenido para decir eso, porque se fue sin explicarlo.
Pensando en esas cosas, se me ocurrió que podía ser
interesante analizar el extraño impulso que mueve a algunos a atribuir culpas al
voleo; y tratando de descubrir dónde está la raíz del problema pensé que la
persona más calificada para aportar datos de primera mano sobre el tema era mi
amiga Eva, a la que un patrón furioso le cargó culpa y castigo sin explicarle
otro motivo que su arbitraria y todopoderosa voluntad de crear y condenar a
seres indefensos. Esto es lo que me contó Eva:
– No se los puede
dejar solos -rezongó-. Me distraigo un minuto y se comen la fruta. Yo sabía que
tarde o temprano lo iban a hacer.
– Patrón -le dije-, alabado
sea, pero si usted sabía que íbamos a comer la fruta, ¿por qué no nos convidó
de entrada, y así nos ahorrábamos este disgusto?
Pensó un poco y contestó:
– Los caminos del
Señor, o sea mis caminos, son inescrutables.
Esa chanza brillante que se le ocurrió le cambió el estado
de ánimo. Contuvo una sonrisa, pero se notaba que estaba contento y que le iba
pasando el enojo porque le había salido una frase todoterreno que le servía
para explicar cualquier cosa, desde negarnos la fruta, hasta mandar un Diluvio para
matar por asfixia a los malos y de paso matar por asfixia también a todos los inocentes.
Intentó ponerse serio, porque tenía que dictar nuestra sentencia, y siguió
hablando:
– Tienen una culpa tan
inmensa que no les cabe en el cuerpo, y se derramará sobre todos sus
descendientes por los siglos de los siglos. Ahora les voy a explicar cómo se
hace para fabricar descendientes con culpa. Ponen barro en una cazuela, lo
revuelven hasta que haga una masa homogénea sin que se formen grumos. A esa
masa le dan forma de hijo, le ponen nombre y me lo traen para que yo le ponga
la culpa.
– Mire, patrón -le
dije-, usted no lo tome a mal, alabado sea, pero la víbora nos ilustró sobre
otra técnica para fabricar descendientes, y después aprendimos todavía más cuando
comimos la fruta. Así que queremos irnos al Mundo a probar qué tal nos sale lo que
hemos aprendido. Si necesitamos un poco de barro, le pedimos, pero no creo.
Por suerte al patrón ya le había pasado la furia; eso es lo
bueno de tratarlo de usted, con alabanzas, a él le gusta. No estuvo de acuerdo
con nuestros planes, pero no nos mandó un Diluvio ni nada de eso. Nos fuimos al
Mundo, tuvimos un montón de hijos y de descendientes y ninguno nació con la
culpa puesta. Algunos se portaron mal y tuvieron sus propias culpas, pero los
demás no. Como conclusión, sobre lo que me preguntaste, es mentira eso de que
todos somos culpables.
Así terminó mi amiga Eva de relatar sus experiencias. Le
expuse entonces mi inquietud por algo que saltaba a la vista. Si ella vivió en
un tiempo inmemorial anterior a todas las generaciones, era imposible que estuviera
ahí charlando conmigo. Era anacrónico que mencionara cosas, como el Diluvio,
que según los libros sagrados ocurrieron muchísimo tiempo después de su
travesura frutal. Nuestro encuentro había sido muy grato, pero inverosímil, absurdo,
irracional. Le pregunté: Si quisiera hacer conocer tu hermosísimo relato ¿cómo podría
explicar tu presencia actual sin ser repudiado como a un vulgar mentiroso? Eva insinuó
una sonrisa leve, cansada, y me sugirió: Podrías decir que mis caminos son inescrutables.
Eva es sabia. Se nota que comió la fruta.
