Cuento con Eva

      Hay quienes necesitan lucirse como intelectuales valiéndose de frases que aparentan profundidad pero no son más que palabrería chirle. Entre muchos ejemplos, ahora me acuerdo de la declamación “todos somos culpables”, una frase nefasta con la que el parlante finge poner su alma a disposición del juicio universal, pero lo único que hace es esconder -a propósito o no- a los verdaderos culpables de cualquier fechoría. ¡Y el canalla nos involucra a todos! Basta para mostrarlo la famosa declaración del papa Bergoglio, cuando dijo que todos somos culpables por la guerra en Ucrania, con lo cual licuó la culpa de Putin, y dejó a más de uno pensando en qué motivos habrá tenido para decir eso, porque se fue sin explicarlo.

     Pensando en esas cosas, se me ocurrió que podía ser interesante analizar el extraño impulso que mueve a algunos a atribuir culpas al voleo; y tratando de descubrir dónde está la raíz del problema pensé que la persona más calificada para aportar datos de primera mano sobre el tema era mi amiga Eva, a la que un patrón furioso le cargó culpa y castigo sin explicarle otro motivo que su arbitraria y todopoderosa voluntad de crear y condenar a seres indefensos. Esto es lo que me contó Eva:

 

     Yo estaba bien sin existir, pero el patrón me sacó de la nada porque, según dijo, después de inventar a Adán se acordó de que no es bueno que el hombre esté solo. Entonces me creó para hacerle compañía, y nos puso a los dos juntos en un lugar que se llamaba Edén, que era lindo a la vista pero medio aburrido, porque el conocimiento era una fruta que estaba prohibido comer; y si no teníamos conocimiento éramos casi como las piedras, que ni siquiera conversan. Nosotros un poco conversábamos, pero enseguida se nos terminaban los temas, y nos dimos cuenta de que los dos estábamos pensando en lo mismo: comer esa fruta. No fue fácil tomar una decisión. Cuando te asustan con fantasías oscuras aprovechando que no tenés conocimientos suficientes para evaluar, los espantos echan raíces en la cabeza y ahí quedan. Basta con ver cómo implantan las ideas religiosas en la tierna mente de los infantes, que después crecen y, aunque parezca mentira, siguen creyendo cosas inverosímiles. Por suerte hubo una víbora que nos aconsejó divinamente bien, así que comimos la fruta y todo se nos puso claro. Entonces vino el patrón, enojado.

     – No se los puede dejar solos -rezongó-. Me distraigo un minuto y se comen la fruta. Yo sabía que tarde o temprano lo iban a hacer.

     – Patrón -le dije-, alabado sea, pero si usted sabía que íbamos a comer la fruta, ¿por qué no nos convidó de entrada, y así nos ahorrábamos este disgusto?

     Pensó un poco y contestó:

     – Los caminos del Señor, o sea mis caminos, son inescrutables.

     Esa chanza brillante que se le ocurrió le cambió el estado de ánimo. Contuvo una sonrisa, pero se notaba que estaba contento y que le iba pasando el enojo porque le había salido una frase todoterreno que le servía para explicar cualquier cosa, desde negarnos la fruta, hasta mandar un Diluvio para matar por asfixia a los malos y de paso matar por asfixia también a todos los inocentes. Intentó ponerse serio, porque tenía que dictar nuestra sentencia, y siguió hablando:

     – Tienen una culpa tan inmensa que no les cabe en el cuerpo, y se derramará sobre todos sus descendientes por los siglos de los siglos. Ahora les voy a explicar cómo se hace para fabricar descendientes con culpa. Ponen barro en una cazuela, lo revuelven hasta que haga una masa homogénea sin que se formen grumos. A esa masa le dan forma de hijo, le ponen nombre y me lo traen para que yo le ponga la culpa.

     – Mire, patrón -le dije-, usted no lo tome a mal, alabado sea, pero la víbora nos ilustró sobre otra técnica para fabricar descendientes, y después aprendimos todavía más cuando comimos la fruta. Así que queremos irnos al Mundo a probar qué tal nos sale lo que hemos aprendido. Si necesitamos un poco de barro, le pedimos, pero no creo.

     Por suerte al patrón ya le había pasado la furia; eso es lo bueno de tratarlo de usted, con alabanzas, a él le gusta. No estuvo de acuerdo con nuestros planes, pero no nos mandó un Diluvio ni nada de eso. Nos fuimos al Mundo, tuvimos un montón de hijos y de descendientes y ninguno nació con la culpa puesta. Algunos se portaron mal y tuvieron sus propias culpas, pero los demás no. Como conclusión, sobre lo que me preguntaste, es mentira eso de que todos somos culpables.

 

     Así terminó mi amiga Eva de relatar sus experiencias. Le expuse entonces mi inquietud por algo que saltaba a la vista. Si ella vivió en un tiempo inmemorial anterior a todas las generaciones, era imposible que estuviera ahí charlando conmigo. Era anacrónico que mencionara cosas, como el Diluvio, que según los libros sagrados ocurrieron muchísimo tiempo después de su travesura frutal. Nuestro encuentro había sido muy grato, pero inverosímil, absurdo, irracional. Le pregunté: Si quisiera hacer conocer tu hermosísimo relato ¿cómo podría explicar tu presencia actual sin ser repudiado como a un vulgar mentiroso? Eva insinuó una sonrisa leve, cansada, y me sugirió: Podrías decir que mis caminos son inescrutables.

     
Eva es sabia. Se nota que comió la fruta.