1. Un lector vacila

 

     Un día equis de 2026 se me ocurrió la extravagante idea de escribir, aquí, unos breves (brevísimos) comentarios sobre libros que voy terminando de leer.

     No es una buena idea, me parece.

     Cuando elijo un libro para leer, soy -como se debe- absolutamente arbitrario. Me guío por mi interés, mi curiosidad, mis gustos. Sobre esa base, inclinada, sería perdonable que, por puras ganas y con máxima modestia, me pusiera a escribir unas apostillas, muy personales, destinadas a mi solitaria lectura, indulgente evaluación y posterior remembranza. Pero publicarlas, no.

     Si hubiera empezado esas notas cuando era joven, quizá podría haber logrado algo presentable, más completo, equilibrado. Pero agarré la vida empezada, y ya está, no hay retorno, la vida no da revancha. ¿Podría enmendar esto haciendo también algún comentario sobre libros que leí tiempo atrás? No creo. Decir algo sobre un libro recién leído es fácil, pero recordar otro sumergido en las brumas del tiempo, no.

     Más. Dado que soy un lector común y corriente, que jamás pretendería hacer algo parecido a la crítica literaria (me falta la exquisita y fulgurante cultura de los críticos), mis comentarios difícilmente podrían ser útiles para alguien, porque en este asunto hay mucho de subjetivo (de gustibus non disputandum). Así que, otra vez, no.

     Y cuando llego a este punto, me acuerdo de que la costumbre de leer libros se va perdiendo. Cada vez se lee menos. El placer de hojear un libro va siendo reemplazado por el frenético scroll sobre una pantalla iluminada. Y si los libros interesan poco, menos interesarían mis insulsas opiniones. Tenemos así otra razón por la cual mi idea originaria resulta extravagante. Son muchas las razones que la desalientan, y que van ladeando la disyuntiva (escribo aquí – no escribo) hacia la opción del tajante no. ¿Qué hago, entonces? Ma sí, escribo y chau.

     Empiezo con ocho libros. Capaz que después agregue otros. O no.