Este libro es el que impulsó mi
extravagante idea de emprender estas escrituras sobre lecturas. Fui anotando
algunas cositas a medida que lo leía, y después pensé: tengo que hacer algo con
estas notas.
El libro me dejó la impresión de
que el autor hizo un trabajo más extenso, lo resumió para adecuarlo a la serie
editorial “Historia brevis”, y el resumen quedó con cosas sin explicar. Ello, a
pesar de que la obra se presenta como una descripción breve pero completa y
didáctica de los hechos históricos de su título; tanto, que hasta tiene un
apéndice, donde explica “conceptos clave” (con obviedades tales como la
Bastilla, Napoleón, etc.) y expone una cronología del período histórico
analizado.
Y aunque allí, en pág. 163, cree
necesario explicar a la Bastilla como “concepto clave”, en pág. 50 la había dado
por conocida, agregando que estaba defendida por 80 inválidos. Poco le
costaba aclarar que se llamaba así a los soldados veteranos incapaces de servir
en el campo de batalla.
En pág. 40 dice que “Brienne”
anunció la convocatoria de los Estados Generales y luego renunció. Nada más. Le
faltó explicar que Étienne-Charles de Loménie de Brienne fue ministro de
Finanzas de Luis XVI desde 1787, en reemplazo de Calonne, intentó aplicar un
impuesto universal sobre la tierra sin privilegios nobiliarios o clericales
para frenar la bancarrota estatal, fue resistido, hubo una revuelta y por eso
renunció.
En pág. 53 habla de las manos
muertas. Tuve que buscar en internet para enterarme de que en aquella época
eran las fincas en las que se perpetuaba el dominio por no ser enajenables
(bienes de la Iglesia, mayorazgos, etc.).
En pág. 63 menciona a Cesare
Beccaria, pero se equivoca con el nombre. Parece que algunos creen que todos
los italianos se llaman Giuseppe.
En pág. 30 subestima la influencia
de la Ilustración en la Revolución, argumentando en que esa época sólo una
“ínfima minoría” sabía leer y escribir. Pero en pág. 65 se corrige y dice que
la lectura se realizaba en forma colectiva: en los clubes y cafés, quien sabía,
leía en voz alta para que escucharan los demás, que después preguntaban,
opinaban o discutían. O sea que las ideas se conocían y se difundían, y mejor
que como podría ocurrir en una tertulia de la actualidad, porque no hablaban de
fútbol y no estaba la televisión para confundirlo todo. En pág. 56 el autor
reconoce la influencia del “pensamiento ilustrado”. Todo aclarado.
Dos (2) veces tuve que leer esta
novela, la primera vez hace diez años. Después de esa primera lectura no me
quedó nada, y quise darle, o más bien darme, una segunda oportunidad. La
emprendí hace poco, con mucho entusiasmo; incluso busqué, y encontré, en
internet el mapa imaginario de la mítica Macondo. Ahora terminé la lectura, con
esfuerzo. Pero, igual, nada. ¿Me había perdido algo importante? Sí, creo que
había perdido mi tiempo. Tiempo que podría haber dedicado a leer otra cosa, en
vez de recorrer cien años (para mí, doscientos) de tedio, con personajes que se
llaman todos igual o parecido, con una prosa exuberante (buena para quien
disfrute con eso) y con algunos baches de contenido que se salvan con magia (el
famoso “realismo mágico”, que algunos elogian). No voy a cerrar esto sin
reconocer que la frase inicial del libro es buenísima: "Muchos años
después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había
de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el
hielo". Una gran apertura, lástima el resto.
Es una novela muy larga, pero la
trama, los personajes, las situaciones y el estilo con que está escrita hacen
que el entusiasmo por leerla nunca afloje. Hugo te ubica en una época
histórica, te describe lugares y personas en forma que te hace sentir en el
tiempo y lugar de los hechos; se da el lujo de describir la batalla de
Waterloo, y sitúa parte de la acción de la novela en las barricadas de la
rebelión de París de 1832. Las invocaciones a Dios y a Jesús se infiltran a
cada rato, pero, bueno, era otro siglo. Aun así, pese a tanta reverencia, la
novela no se salvó de ser incluida en el Index de libros prohibidos por la
Iglesia. Las razones de esto están en algunas mínimas libertades argumentales
que se tomó Victor Hugo, que rozaron la sensible piel de los censores
católicos, como explica la nota preliminar de la traductora María Teresa
Gallego Urrutia, quien nos cuenta que otros traductores, beatos aborregados, llegaron
al extremo de modificar la novela sustituyendo algunos episodios por otros
distintos de los originales. Por ejemplo, cuando el obispo, abrumado por el
alegato que le hace un revolucionario moribundo sobre las tropelías de la
Iglesia y de la monarquía de derecho divino, se arrodilla ante el
revolucionario y le pide su bendición, en las traducciones fraudulentas, es el
moribundo quien pide al obispo que lo bendiga, algo estúpidamente
contradictorio. Según informa María Teresa, hay más episodios falsificados por
esas santas “traducciones”.
El autor es español, catalán, así
que supongo que su nombre y su apellido se pronuncian con acento prosódico en
las respectivas letras e. Es un libro de filosofía que plantea la pregunta
sobre si el universo tiene un sentido y en tal caso cuál es. Algunas cosas
buenas tiene el libro, especialmente las citas de filósofos y científicos, que
son muchas; pero el aporte del autor parece escrito a vuelapluma, sin revisar,
lo que provoca muchas repeticiones, mucho mirar el firmamento a cada rato. En
pág. 25 (el libro recién empieza) ya encontramos una frase que se repite dos
veces en el mismo párrafo, cuando, al enumerar poéticamente diversas fuentes de
luz, empieza con “la luz de las luciérnagas en las noches de verano” y termina
con “la luz de las luciérnagas en las noches de verano”. Es una pifia menor,
puramente material, a cualquiera se le puede escapar; pero para evitarla se
aconseja a todo escritor que siempre relea más de una vez los borradores. Una
depuración cuidadosa habría eliminado repeticiones (no sólo materiales, como
ésa, sino también conceptuales), y quizá nos habría ahorrado algunas divagaciones
místicas, reduciendo las páginas del libro a un tercio de las setecientas que
tiene. Así compactado podría haber resultado agradable; en su extensión actual
se me hizo pesado terminarlo. “Lo poco agrada, lo mucho enfada”, dice el refrán
que me enseñó mi madre. Lo demuestra, a continuación, el libro de Luciano
Canfora.
Excelente libro, en el que el
historiador italiano comenta algunos de los hechos desencadenantes de la
Primera Guerra Mundial, profundizando lo que uno puede saber al respecto. Se
basa en charlas que el autor dio en un programa de radio, luego convertidas en
un texto escrito que mantiene el lenguaje claro y llano de la oralidad. Su
lectura es placentera, y cada línea contiene datos de interés. Es breve, 139
páginas, uno querría que fueran más.
Muy bien escrito, y con claridad,
pese a la complejidad del tema, el libro permite comprender las rebuscadas
teorías de este famoso grupo de marxistas desilusionados, que en vez de
reconocer los errores del marxismo, trataron de revitalizarlo introduciendo
conceptos ajenos a la teoría de Marx, como el psicoanálisis, y hasta
contradictorios con ella, como el carácter alienante de cualquier tipo de
trabajo dirigido a producir un objeto, con lo cual la única actividad no
alienante resulta ser el juego: “un simple lanzamiento de pelota por un jugador
representa un triunfo de la libertad humana sobre la objetividad que es
infinitamente mayor que la conquista más espectacular del trabajo técnico”
(Marcuse). Otra idea “frankfurtiana” (Horkheimer y Adorno) es que la
Ilustración comenzó con los primeros utensilios creados por el homo sapiens,
y que la Odisea de Homero es uno de los primeros documentos
representativos de la “sociedad burguesa”. Con esto, ambos conceptos,
Ilustración y sociedad burguesa, quedan vacíos de contenido y sólo sirven (a
los frankfurtianos) para cuestionar la totalidad de la civilización occidental.
Con este pequeño libro aprendí mucho.
Esta sátira, políticamente
incorrecta, contiene agudas críticas de costumbres e instituciones del
Medioevo, con plena vigencia actual. O sea, como es habitual en Mark Twain,
excelente. La editorial es bastante berreta (encuadernación, datos de la
edición, etc.).
Estuve a punto de devolver el
libro cuando leí en el prólogo, escrito por la directora de esta colección
sobre Spinoza, una referencia a “lectorxs filosóficxs”. Fuera de esa taradez,
el libro prometía ser interesante: el tiempo, la duración y la eternidad según
Descartes y Spinoza. Aunque, efectivamente, ésos son los temas, en la mayor
parte del libro el protagonista excluyente es Dios, que es “eterno”, y las
cosas creadas por Dios, que tienen “duración”. El “tiempo” queda reducido a un
ente de razón que sirve para medir la duración. El resultado es que un libro de
filosofía termina siendo un pesado libro de teología. La culpa quizá no sea del
autor (aunque podría escribir con más sencillez y con menos repeticiones), sino
de Descartes y Spinoza, que habiendo escrito obras geniales como el Discurso
del Método y el Tractatus, se pusieron a analizar a Dios, ese
invento humano tan superlativo (eterno, infinito, absoluto, etc.) que quienes
quieren describir sus atributos, y compatibilizarlos, se pierden en
disquisiciones abstractas e inconducentes. Al final, en el capítulo 7, el libro
pasa al nivel humano, y aporta otro concepto del “tiempo”: auxiliar de la
imaginación. Pero sigue complicado. Recién en la breve Conclusión el lenguaje
se pone amigable, y las ideas, un poco más claras. Uno desearía que el libro
hubiera sido más corto, menos divino, y tan comunicativo como en la Conclusión.
Linda novela de Woody Allen, con sabor a película de Woody
Allen. El escritor no puede separarse del cineasta, e inserta muchas metáforas
cinematográficas (“entonces, como si fuera la escena de una película...”,
“...Fundido a negro y paso a otro plano...”, “...Baum contemplaba una sesión
doble de cine, con la original y la secuela...”). La novela no es larga, pero
es un texto continuo, sin división en capítulos. Con Woody Allen me pasa como
con Quentin Tarantino. Tienen todo el derecho a escribir, si es su deseo
hacerlo, pero les agradecería que siguieran haciendo películas.